Las parteras en la Edad Media


El parto en la Edad Media estaba fundamentalmente en manos de las parteras (comadronas o matronas), pues la Iglesia prohibía a los varones explorar a las mujeres. El conocimiento del parto y por tanto su asistencia, estaba vetado a los hombres, era pues un dominio exclusivo de las mujeres.

Según las palabras del franciscano Bartolomé el Inglés, una partera era "la muger que sabe una arte de ayudar las dueñas a parir porque la creatura salga, mas sin peligro. Estas parteras untan el vientre de la preñada con algunos ungüentos por hazer salir la creatura mas presto et con menos de dolor. Quando el niño naçe, ella le resçibe"


Las parteras solían ser mujeres que ya habían asistido partos, (también llamadas mujeres sabidoras) y por ello, ayudaban a parir, utilizando si era preciso, masajes abdominales, ungüentos, aceites, fumigaciones, incluso por vagina, y exploraciones para saber si el feto venía en una mala situación, o mala  presentación para el parto

El parto en esta época suponía un gran riesgo para la salud de la madre y del recién nacido e infundía gran temor a las mujeres, pues muchas de ellas morían en el momento del alumbramiento o después a causa de sus secuelas.

"Cuando ya fuere cuitada por razón del parto, no debe estar en aquella casa donde ella está hombre ninguno, mas pueden allí estar hasta diez mujeres buenas que sean libres, y hasta seis sirvientas que no sea ninguna de ellas preñada, y otras dos mujeres sabedoras que sean usadas de ayudar a las mujeres cuando paren." (Alfonso X, Las Partidas, Partida VI, Título VI, Ley 17)



En la Cantiga 89 de la obra de Alfonso X, una mujer judía gestante está sentada y parece conversar con su hijo. El parto se inicia y es asistida por dos parteras o llevadoras. Se presentan dificultades en el parto que ponen a la mujer en grave riesgo de muerte, temiendo no poder vivir, pues no hacían efecto las medicinas. La mujer se encomienda a Santa María, que atiende a sus suplicas, pudiendo parir felizmente. Las parteras judías que la asistían, al ver que invocaba a Santa María, la consideraron hereje y renegada y la dejaron sola.

“Esta é como hûa judea estaba de parto en coita de morte, e chamou Santa Maria e logo a aquela ora foi libre”. (Alfonso X, Cantigas de Nuestra Señora, 89)



La función más importante practicada por la partera era la asistencia al parto, al puerperio y al recién nacido (incluyendo el baño y su alimentación), pero también podían dedicar su atención al desarrollo del embarazo y a las enfermedades propias del parto. Además, proporcionaban consejos anticonceptivos y abortivos y realizaban cesáreas para la extracción del feto (que ya en el siglo XVI realizarían los cirujanos).




La partera podía actuar como perito ante el juez siendo su palabra válida ante la ley con carácter testifical. Su papel fue muy importante en pleitos sobre herencias y derechos de primogenitura, nulidades matrimoniales, violaciones… Para las licencias y derechos de primogenitura, era necesario el testimonio de una mujer de buena fama y entendida que estuviese en el parto y diese fe del nacimiento para evitar engaños.

Las mujeres embarazadas que enviudaban antes de parir necesitaban testimonio de que el parto era real para tener derecho a la herencia del difunto marido y que esta no pasase a la familia de él. Así, pues, se preocupan por dejar prueba manifiesta de la legitimidad de sus hijos pensando en el futuro, de manera que nadie cuestione a su descendencia ni pueda decir que ellas se valieron de criaturas ajenas para mantener sus propios derechos intactos.



En 1490 Isabel de la Caballería, viuda, hace llamar insistentemente al notario Domingo Cuerla y a los testigos para que asistan a su parto y observen a la criatura que va a parir, aspecto en el que se insiste dos veces mas: cuando se describe que el reconocimiento físico mediante vista y tacto tanto de la parturienta como de las comadronas se realiza a instancia de ella y al indicar que el juramento de las parteras se efectúa por su petición.

"Et luego, dicho lo sobredicho, assi mesmo fueron personalment constituydos en la dita cambra y ante la dita Ysabel, Catalina de Cutanda, alias vulgarment clamada de Salinas, vidua, muller que fue de Gabriel de Salinas, quondam, y Aina de Medina, muller de Goncalvo Tizon, tapiador, parteras o vulgarment clamadas madrinas para el administrar de los partos, assimismo specialment clamadas para el administrar del parto de la dita Ysabel. A las quales dichas Ysabel de la Cavalleria y madrinas, yo, dicho Domingo Cuerla, notario, instant la dita Ysabel y presentes los testimonios debaxo nombrados, palpe con las manos sus cuerpos y entre sus piernas, y levantadas las faldas de sus ropas fasta la camisa por veyer y reconocer si con alguna cautela o enganyo las madrinas trayrian alguna criatura y la dita Ysabel debaxo de sus faldas tenia alguna criatura. E bien es yo, dicho notario e testimonios, ninguna otra cosa, salvante sus ropas, vestidos y arreos de sus personas, ocularment la dita Ysabel y madrinas no tenian.
Las quales madrinas, a toda requesta de la dita Ysabel de la Cavalleria, puestas las dos de rodillas en tierra y las manos en la figura o ymagen de Nuestro Senyor Jhesu Christo y los Santos Quatro Evangelios y solenpnement juraron, besando y adorando la dita imagen y Evangelios, de ministrar bien e sin frau, arte o enganyo alguno el parto de la dita Ysabel."
 (AHPZ, Protocolo de Domingo Cuerla, año 1490, ff. 2v-4v.)



Las matronas llevaban a cabo exámenes periciales para saber si una mujer estaba embarazada. Frente a violaciones, se acudía a la matrona para que las explorase y dijera si se había consumado el acto sexual y también si se habían quedado embarazadas. De ello dependía la ejecución de las sentencias. También testificaban sobre infidelidades en matrimonios.

Acerca de mujeres casadas que no podían consumar el matrimonio, la comadrona se involucraba en demostrar la virginidad de las mujeres. La capacidad sexual era un requisito indispensable para dar validez al sacramento. Una matrona realizaba inspección del cuerpo en busca de signos de virginidad. Para ello, su credibilidad era vital para una sentencia justa.

En 1398 en Zaragoza un grupo de mujeres, entre ellas una madrina (o matrona), reconocen a una muchacha llamada Cateriniqua, encontrándola desvirgada. Interrogada por su padre, ella acusa al carnicero.

"Et anno etc., dia sobredito, ora de media tercia vel quasi. En unas casas do habita Johan de Salvatierra, scorgador o carnicero, en la carrera de los Predicadores, sitiadas en una cambra que sallie ala carrera en do eran personaliter constituidas Urracha, muller del dito scorgado, las honrradas dona Thoda Sanchez del Castellal muller de don Garcia Ballobre, quondam, dona Maria de Fuentes, madrina o ama, Gracia Sanchez del Castella muller de Andres Valles, quondam, dona Sancha de Val, muller de Bertholomeu d'Aguaron, quondam, e otras mulleres aqui presentes, e stava aqui, entre ellas, en la dita cambra una mozuela, filla de Pedro de Montalban, a la qual dizen, segunt ella dixo, Cateriniqua. Fue personalment constituido el dito Pedro de Montalban e propuso que en cuentra su voluntat fues en la dita casa la dita su filla e fue desflorada de su virginidat, segunt que la dita madrina e profenbras de suso nombradas dizieron que la havian guardada e la havian trobada corronpida.
Giros a la dita su filla e dixo e interrogo qui la havia corronpida ni como, e la dita mozuella dixo que ayer que fue viernes, en ora de medio dia, el dito Johan de Salvatierra haviala fecho entrar en el cillero de las ditas sus casas, e el que hi havia entrado e de su contra la havia corronpido e jacido con ella carnalment, de quibus omnibus requerit etc."
(Zaragoza, 26 de octubre de 1398. A.H.P.Z., Protocolo de Pedro Sánchez Biel, 1398, fol. 10r.-10v.)



A veces para que una pareja pudiera solicitar la nulidad matrimonial, la Iglesia requería la convivencia continuada de tres años, siete testigos que dieran fe de que el matrimonio no había sido consumado y una prueba física que demostrara la integridad del cuerpo femenino.

Otra actividad de la que se encargaban era la de buscarle familia a los recién nacidos cuando su madre tenía una situación socialmente comprometida (siendo solteras, viudas, adulteras, por no querer mantener o tener al recién nacido). También cuando se hizo necesaria la evaluación previa para ejercer el oficio, alguna vez las matronas fueron convocadas para examinar a las futuras matronas junto al médico.

Las mujeres que atendían los partos no tenían ninguna formación reglada y tampoco recibían enseñanzas, pero su preparación se basaba en la observación, la repetición y la experiencia. En este terreno sobresalían especialmente las mujeres que combinaban esa experiencia con habilidad y pericia. Transmitían sus conocimientos a jóvenes, aprendizas o criadas.



En la Zaragoza de finales del siglo XV se documenta el trabajo de una comadrona de extraordinario prestigio cuyos servicios van a ser requeridos por la nobleza y el patriciado urbano. Su nombre ha pasado a la historia por su oficio de partera y la fama adquirida por su buen hacer: Catalina de Cutanda, más conocida como la madrina Salinas, que asistió en el parto ya mencionado de Isabel de la Caballería.

"Las madrinas que alli fueron stantes, la Ayna de rodillas davant la dita Ysabel de la Cavalleria y la dita Catalina Salinas stando entre las piernas de la dita Ysabel de la Cavalleria, asentada en un scadero, teniendo la dita Catalina una terna stendida encima de sus rodillas para el administrar del parto y recebir la criatura que nasceria, y puesto un bacin de allaton limpio, segunt ocularment viemos, entre las piernas de la dita Ysabel de la Cavalleria, en donde yo, notario, y testimonios sintiamos y veíamos cayer la sangre y el agua que a la dita Ysabel de la Cavalleria, con los dolores del parto y esprimiendose del cuerpo, le salian." (AHPZ, Protocolo de Domingo Cuerla, año 1490, ff. 2v-4v.)



También es cierto que, hacia finales de la Edad Media, se trató de combinar los conocimientos teóricos – impulsados sobre todo por la lectura de autores árabes y griegos – con la experiencia práctica. A lo largo del periodo se fueron produciendo tratados médicos escritos por doctores, que recogían la experiencia de las parteras y cuya finalidad era preparar a las comadronas para que pudiesen llevar a cabo su labor con satisfacción.

El primer libro del género escrito en castellano se debe al médico mallorquín Damián Carbón y se titula Libro del arte de las comadronas o madrinas y del regimiento de las preñadas y paridas y de los niños y se imprimió ya en el siglo XVI.

Según este médico la partera mas cualificada debía reunir ciertas características físicas, psíquicas y morales que le permitiesen desarrollar su oficio lo mejor posible.

"La primera de las quales ha de ser que la comadre sea muy esperta en su arte. La segunda que sea ingeniosa. La tercera que sea moderada, es assaber, que tenga buenas costumbres."


Para adquirir la experiencia se valora la práctica y el intercambio de conocimientos con otras mujeres que realicen el mismo oficio. El ingenio le permitirá desenvolverse con éxito ante un parto con dificultades. En cuanto a la tercera condición la partera debería contar con ciertos rasgos físicos y morales que la cualifiquen como apta para la labor, como ser temerosa de Dios y devota de la Virgen María.

"Pues es menester que tenga buena cara y [sea] bien formada en sus miembros por que digamos de su buena complexion. No sea fantastiga, no sea riñosa, sea alegre, gozosa porque con sus palabras alegre a la que pare. Sea honrada, sea casta para dar buenos consejos y exemplos, mire que tiene honestissima rte. Sea secreta, que es la parte mas esencial: Quantas cosas les vienen en manos que no se han de comunicar por la verguença y daño que se siguiria. Tenga las manos delgadas y mire las carnes que tiene a tratar. Sea ligera en el tacto, que no haga lision en las carnes delicadas. Tenga temor de Dios. Sea buena christiana porque todas las cosas le vengan en bien. Dexe cosas de sortilegios ni supersticiones y agueros ni cosas semejantes porque lo aborresce la Yglesia santa. Sea devota y tenga devoción en la Virgen Maria, y tambien a los sanctos y sanctas de Parayso porque todos sean en su adjutorio."


A lo largo de la Edad Media hubo cambios en la formación y en algunos momentos existió la obligatoriedad para las matronas de examinarse para poder ejercer, aunque dependía de la legislación que hubiese en cada momento.

Se les suponía que debían saber impartir el bautismo de urgencias a los neonatos con dificultades para sobrevivir, fetos abortivos que nacían vivos y fetos malformados. El ritual consistía en derramar agua sobre la cabeza del candidato diciendo "Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Este bautismo condicionado debía ser confirmado posteriormente por el cura de la localidad en caso de que el niño sobreviviese. 
San Vicente Ferrer (1350-1419), predicador dominico, recuerda en uno de sus sermones a las parteras-"madrinas" la importancia de administrar el Bautismo correctamente:

"Sexto, cuando alguna descuidada partera o sacerdote no bautizan a la criatura como deben, pues deben decir: “Yo te bautizo en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén”, y no que dicen: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y de la Virgen María y de San Nicolás, etc.”, y así no reciben el bautismo y van al infierno, la criatura y los ministros."



La matrona estaba controlada por la Iglesia y por el hombre. El cristianismo se enfrentó a ellas porque asociaba el oficio de la matrona con la sexualidad, la  reproducción y los cultos paganos. Creían que alguien tenía que realizar esta labor por ser necesaria, pero la valoraban como muy degradante.

Se argumentaba contra ellas que proporcionaban remedios anticonceptivos y abortivos (lo que estaba en contra de la doctrina católica), que usaban ungüentos en los partos (lo que las acercaba a la práctica de la magia y hechicería), que al impartir demasiados bautismos de urgencias usurpaban el derecho a la Iglesia, por infanticidio… Todo esto las obligaba a destierros y sentencias condenatorias con riesgo para sus vidas.

"Toma vieja que tenga oficio de herbolera, que va de casa en casa sirviendo de partera, con polvos, con afeites y con su alcoholera, mal de ojo hará a la moza, causará ceguera." (Arcipreste de Hita, Libro del Buen Amor)



La Iglesia llegó a catalogarlas como brujas blancas (comadronas sabias que practicaban sin maldad), y como brujas negras (comadronas malvadas). Estas últimas eran las condenadas. Esto era consecuencia de que la Iglesia pensaba que Dios actuaba a través de los curas y los médicos (puesto que el hombre tenía el poder social), y no a través de mujeres ignorantes.

En un tratado anónimo escrito hacia el final del siglo XII y principios del XIII llamado Una recopilación de las enfermedades de las partes genitales (Zikhron ha-h. olayim ha-howim be-khlei ha-herayon, en hebreo) se dedica una parte a las dificultades del parto y ofrece una guía de cómo se debe instruir a una partera (supuestamente por parte de un médico) para ayudar a la mujer en el alumbramiento.

"Si la causa [de la retención del feto] es la gordura, deberías ordenar a la partera que acueste a la mujer sobre su espalda, y que ponga sus rodillas debajo de las caderas de la mujer, que se siente sobre ella y que frote su matriz con grasa de gallina o de ganso y que le haga estornudar poniendo madera suave o un papiro enrollado en su nariz."



Los textos médicos relegaban a las parteras a un papel secundario con respecto al del médico, pero se reconocía la habilidad y la competencia de su labor. Debían ser ellas quien manipularan el cuerpo de la mujer y del recién nacido guiadas por su sabiduría y experiencia.

"Si la razón [de la retención] es el tamaño del feto, cuando empieza a salir la partera debe tirar de él suavemente después de lavar el área con agua templada, y a veces con azafrán molido. Tiene que tirar poco a poco, hasta que esté fuera."

En algunos casos la mala práctica podía llevar a la comadrona a juicio. En 1403 en Marsella, Gardenseta fue asistida por una partera llamada Philipa y su hijo nació sin problemas. Pero dos horas después, la placenta aún no había descendido. Así que el cuñado de Garsendeta fue a buscar otra partera para que ayudara. Trajo de regreso a una mujer llamada Floreta. Antes de esta llegara, Philipa ya había estabilizado a Garsendeta atando "hábil y deliberadamente" la parte que sobresale del cordón umbilical a su muslo. La actuación de Floreta cuando llegó, causó por desgracia la muerte de Gardenseta al provocarle una hemorragia.

"Floreta explicó a todos los presentes que ella quería sacar la placenta del útero, y ella desnudó su brazo derecho completamente y lo metió hasta el codo por la vagina y el abdomen de la dicha Garsendeta, y moldeando la placenta para que pudiera expulsarla, ella agarró con fuerza el útero… Y yendo de mal en peor, rompió brutalmente la extensión del cordón umbilical del niño… Y a causa de esta rotura, toda la sangre que se había quedado en el cuerpo tras el parto de repente empezó a fluir."



El oficio de partera consiguió un reconocido mérito por su labor de ayuda a los recién nacidos y a las parturientas. Se respetaba y admiraba un oficio imprescindible que había salvado las vidas de muchas mujeres y sus hijos y el buen hacer de estas mujeres estaba acreditado por muchos siglos de práctica profesional.

"Así era tu madre, que Dios haya, la prima de nuestro oficio, y por tal era de todo el mundo conocida y querida, así de caballeros como de clérigos, casados, viejos, mozos y niños. ¿Pues mozas y doncellas? Así rogaban a Dios por su vida como de sus mismos padres. Con todos tenía que hacer, con todos hablaba. Si salíamos por la calle, cuantos topábamos eran sus ahijados. Que fue su principal oficio partera diez y seis años." (Fernando de Rojas, La Celestina)

Sin embargo, en algún momento su trabajo se vio ensombrecido por las acusaciones de brujería contra ellas. Se atacaba el uso que hacían de la medicina popular y su actuación en los rituales de bautismo por ir en contra de la Iglesia.



La difamación a veces afectaba a una partera en particular como es el caso de doña Bonanada en el siglo XIV cuya imagen es al mismo tiempo respetada y vinculada a la magia.

El día 5 de octubre de 1373, Pedro IV el Ceremonioso escribió a su hijo primogénito, el infante Juan, asombrado de que hubiese hecho prender a la comadrona de la casa real acusada de practicar la magia.

"El rey. Muy querido primogénito: según hemos entendido, vos habéis hecho prender y detenéis presa a doña Bonenada, madrina de casa de nuestra muy querida compañera la reina, porque os han dado a entender que había hecho algunos sortilegios o hechizos a la infanta de Francia, vuestra esposa que Dios haya, por inducción de la infanta de Portugal. E nos maravillamos mucho de vos porque creáis ni hayáis podido creer que una persona que estuviese en Valencia pudiese matar por sortilegios ni hechizos otra persona que estuviese en Francia, que, si eso fuera verdad, no habría rey ni gran señor en el mundo que no fuese muerto, e por tanto no es cosa de pensar ni de creer y estaría muy mal a nos y a vos creer semejantes cosas, las cuales son imposibles de hacer, que no a las personas simples del mundo. Y como la alta infanta doña Juana, condesa de Ampurias, hija nuestra muy querida, haya menester a la dicha Bonenada y la dejéis venir a la dicha infanta sin ninguna dilación ni inconveniente." (Archivo de la Corona de Aragón, Cancillería Real, Registro 1238, f. 44)



De todos modos, como seguía existiendo el temor al dolor y a la muerte, se utilizaban remedios que respondían a la superstición y al saber popular, como talismanes y oraciones, así como remedios medicinales elaborados a base de plantas. Además, existían las fajas de parto, que eran empleadas principalmente por mujeres adineradas, y podían estar hechas de seda, piel de serpiente, de ciervo o de pergamino. Muchas de ellas contaban con dibujos y textos asociados a la fertilidad.

En una faja, compuesta por cuatro trozos de pergamino de oveja, que se encuentra en la Wellcome Collection de Londres hay una invocación final que dice:

"Y si una mujer dando a luz a un niño ciñe esta cinta alrededor de su vientre, ella parirá sin peligro y el niño será bautizado y la madre purificada." (Manuscrito 632)



En el arte se ve el interés medieval por el momento del parto, o más bien por el posparto, pues son frecuentes las representaciones pictóricas que muestran dichas escenas, especialmente predominan las imágenes que describen el momento posterior al nacimiento de la Virgen María.




Bibliografía


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